Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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21 de Octubre, 2007

 

Testigo de la brutal ceremonia de ingreso en el ku kux klan

Enlace permanente 21 de Octubre, 2007, 9:34

El Mundo
21/10/2007

Eric Pasquier, reportero, fue invitado a una ceremonia del Ku Klux Klan. De su experiencia en Carolina del Norte volvió demudado, con varios cuadernos de notas y un explosivo ramo de fotografías. Retrató la iniciación de dos nuevos acólitos. Cuenta que, en la madrugada elegida, los candidatos caminan solos, penosamente, bajo los capuchones. Son recibidos por Virgil Griffin, figura clave del KKK. Muchos de los hombres ponen los ojos en blanco. Son una orquesta y rebosan adrenalina. Si los nuevos muestran flaqueza perderían respeto. La «atmósfera tensa, sombría y macabra» invita a sudar. Los muchachos recitan los 10 mandamientos grupales, «destinados a corroborar su creencia en la supremacía blanca». Pronto afrontarán una prueba definitiva. Dice Pasquier que, a veces, los novicios son amenazados de muerte; pero Griffin, el jefe del grupo, ha pensado en algo mejor, un golpe supremo que los estremezca. Deben comprender la importancia del juramento; demostrar, de paso, su fidelidad. Arrecian los aullidos. Suenan provocadores. El recinto es ya un pabellón carnívoro, grandioso y cutre.

En su testimonio Pasquier desclasifica gritos. Pone en limpio lo que una película –El nacimiento de una nación (1915), de David Wark Griffith– mitificaba. Cruces en llamas y caballos blancos, sotanas de fantasmagoría y caperuzos con forma de lágrima inversa atraen a estetas y homicidas (del general Nathan Bedford Forrest, primer líder del Klan, a los actuales socios). Todos adoran un ritual de imágenes verbeneras, que sustituyen la razón a coces. Basta recordar que cuando Griffith, por lo demás uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, estrenó su película, la fiebre por el KKK sacudió el país. Cuentan las enciclopedias que en algunos cines, enfervorizado, el público sacó sus armas y disparó al aire durante la proyección. El deslumbramiento grupal por los falansterios del Klan todavía pervive.

Demostraciones. Según Pasquier, la noche en la que fue invitado como testigo los gritos de guerra y loas al Klan acompañan a los neófitos y retumban como cañones. Patalea el auditorio, brama la concurrencia, y Griffin, el líder, pide silencio. Ambos pretendientes deberán mostrar su entereza. La idea es que uno de los candidatos agarre una pistola y ejecute al otro. Así de fácil. Rápido y certero. Sin tiempo para reflexionar o tomar aire.

Ante la disyuntiva del acto abominable o el rechazado, el que ha sido designado como verdugo empuña el hierro. Apunta al otro candidato de la noche, ambos horrorizados. Dispara... y el clic subsiguiente lo deja lívido, pálido. El arma estaba descargada. Poseído, derrama unas gotas de sangre sobre las estrellas de la bandera confederada (la de los sudistas en la Guerra de Secesión). Como bien recuerda Pasquier, una vez dentro es para siempre. La traición al Klan se paga caro, posiblemente con la muerte. La ejecución ficticia recuerda otras iniciaciones: las bandas adolescentes de delincuentes sudamericanos o los gangs de los barrios deprimidos en Estados Unidos, por ejemplo, solicitan demostraciones similares. Fidelidad al líder. Violencia ciega. Una geometría de pistolas que entronca bien con los movimientos fascistas del siglo XX y, al mismo tiempo, con los grupúsculos criminales de cualquier ciudad contemporánea.

A diferencia de esas bandas, el KKK explica sus métodos con un concentrado ideológico. Supremacía blanca. Xenofobia. Masturbaciones nocturnas sobre un pasado mítico que hizo del sur la Tierra Prometida. Teología barata. Nacionalismo efervescente. En las celebraciones del Klan el componente provocador, casi agitprop, queda reservado para los instantes íntimos, mientras que de cara al público, en parques con olor a barbacoa donde los dirigentes sueltan su mitin, el ambiente rezuma caricias comunales. Suaves melodías country endulzan el oído mientras la salsa picante baña mazorcas y discursos. Hace tiempo que evitan las demostraciones de músculo: la gente se hartó, perdió el miedo, y en muchos sitios el Klan salió a puñetazo limpio.

Los miembros del Klan se saludan con un código de abreviaturas. Si el desconocido está en el ajo podrá responder. El primero dice: «AYAK» (siglas de Are you a klansman?, esto es, ¿eres un miembro del Klan?) y el segundo replica: «AKIA» (A Klansman I am, soy miembro del Klan). El Klan es eso: hacer de la barbarie máscara. Los tatuajes también importan. Cruces gamadas, banderas confederadas, vaga simbología entre el rock sureño y el culto bíblico, calaveras y otros distintivos de ultratumba, apología alcohólica (bourbon, please) y chicas semidesnudas: dibujos animados que hacen del asunto un juego de espejos donde reconocerse. El truco es meter tatuajes, banderolas, epidermis y whisky a un puro desmadre. Lo más importante del tatoo, su condición eterna, sirve como juramento ante el que sobrecogerse. Cualquiera que vea los tatuajes sabrá. Al igual que los nudillos del predicador Mitchum de La noche del cazador, son medallas, entorchados de guerra para abrazar más guerra.

Cuenta Pasquier que, en un momento dado, los que están a punto de ser caballeros del Klan han subido al altar. caballeros y altar, términos en los que percutir. Caballeros porque, bajo la sotana de amartillar herejes, gustan de considerarse hombres con principios, decentes, temerosos de Dios, amantes de antiguas costumbres glorificadas por fogatas caseras. Altar porque es ahí donde nace el mito, negativo de la Historia que alimenta al fanático. Alcanzan el altar como mártires dispuestos al martirio vicario de martirizar al prójimo, cordero de Dios sacrificado en nombre de la pureza.

Juramentos.
Bajo las banderas recitan los mandamientos del Klan como los caballeros de la Tabla Redonda hubieran adorado el Grial. Su misión, así, torna en algo cuasi sagrado, mandato divino ya invocado por diversos dictadores a lo largo del tiempo. El altar, sombrío, barroco, nutre el acto. Lo galvaniza con la coartada de la ascensión, que conduce a un cielo donde los negratas son tiroteados, los pachucos (chicanos) detenidos por la migra (el Gobierno, o sea, Inmigración) y los judíos gaseados; no en vano el KKK fue la primera organización estadounidense clasificada como «grupo de odio», y su antisemitismo significó, a la postre, su mayor problema: simpatizaron con el Eje, y el peaje fue brutal en términos publicitarios.

Tras la ordenación viene la juerga. Dionisio y Baco. Muerte y vida que en el fondo no hacen sino loar la muerte. Es su noche de farra. La hora en la que olvidan su marginalidad. Hay comerciantes, predicadores, campesinos, rockeros sin discográfica, dipsómanos varios, médicos y maestros. Urgen a romper la inercia histórica alentados por el vapor quemante del alcohol a chorro.

Odian a Bush.
Son matones, sí, pero capaces de organizarse en un mundo hostil. Basta pasear por sus páginas web. Allí las citas de Lincoln (tiene guasa que asuman los mandatos del presidente antiesclavista por antonomasia) alternan con noticias amarillistas contra el inmigrante, que viene a robar toda la platería de la América blanca. Entre crímenes cometidos por negros y atracos protagonizados por chicanos, los del Klan hablan de la familia y colocan bucólicas estampas de matrimonios con niños. También atacan a George W. Bush (los candidatos demócratas Hillary y Obama son el demonio). A sus ojos, el presidente es una maricona. Un blando que no lanza la bomba atómica contra Irak. El Klan odia a Washington. De allí sólo vienen plagas. Si no fuera por los burócratas (insulto definitivo), seguirían reinando.

Como otros grupos antisistema, el Klan tiene origen culto. Ciudadanos descontentos con el status quo, niñatos del sur, canibalizaron las aspiraciones de la América Confederada, cuando los antiguos propietarios contemplaban libres a sus esclavos. Ahí arranca la semilla de una de tantas sectas nacidas al calor de la testosterona. Según los expertos, el nombre del KKK hace guiños a Grecia, si bien sería Esparta la más exacta devoción. Entre la filología, el pasatiempo y la chorrada, parieron una asociación criminal. Fue santo y seña para el pretendido renacimiento de unos estados deprimidos. Palizas, violaciones, atentados, robos, linchamientos y otras razzias hicieron de Alabama, Tennessee o Georgia campo de minas para negros y liberales. Contra lo que pudiera sospechar el observador desinformado, no fue el Partido Republicano su paladín, sino el Demócrata, cuyo racismo en aquellos días superaba lo patológico.

Hoy por hoy los números en torno al Klan varían. Fundado en Pulaski, Tennessee, en 1865, sufrió debacles y renacimientos. Liquidado tras las leyes anti-klan de 1871, resurge en los primeros años del XX. Llegó a tener 5.000.000 de afiliados a finales de los años 20; manejó una enorme cantidad de dinero. Más aún, logró infiltrarse en el tejido social y económico. Contaminó a jueces y policías. Muchos políticos le hicieron reverencias, y bastantes incluso mantuvieron estrechos lazos con la organización. Ironía última, al llegar al poder desarrolló programas sociales nunca vistos. El final de la II Guerra Mundial debiera haberlo enviado a la morgue, pero entrado el XXI mantiene el tipo. Algunos hablan de 3.000 miembros; otros, entre ellos Pasquier, sitúan la cifra en 20.000, y más de 200.000 simpatizantes (dicho sea con toda prudencia, pues resulta difícil cuantificar/cualificar simpatizantes).

Sus tentáculos.
El Klan controla portales de Internet. Distribuye panfletos. Organiza festivales campestres de música y oratoria. Ayudó en el asesinato del doctor King. Vivió días ambiguos gracias a Hoover: obsesionado con el peligro rojo, amigo de cualquiera que oliera a anticomunista, el legendario director del FBI hizo la vista gorda y resultó, al tiempo, eficaz en las labores de infiltración, que derivaron en múltiples condenas. Pero en los antiguos Estados Confederados y en el Medio Oeste puedes, con suerte, encontrar guateques dedicados al Klan.

El Klan apabulla.
En sus emisoras parlotean fulanos amables, traicionados por la mirada del visionario. Invocan catástrofes. Predican miseria con hilo musical incorporado. Necesitan argumentos ebrios. El culto a lo ario se hace emblema. Alan Axelrod y otros autores han desgranado los códigos secretos de la sociedad, desbandada en múltiples parroquias que funcionan de forma local. Entre las más destacadas figuran la Iglesia de los Caballeros Estadounidenses del Ku Klux Klan, los Caballeros del Ku Klux Klan o Klan de la Sexta Era, los Klanes Imperiales de Estados Unidos y los Caballeros de la Kamelia Blanca. Klan (clan en escocés) hace referencia al origen de sus fundadores. Flota, implícita, la gran bola, ésa que habla de un gremialismo primigenio entre unos aventureros rubicundos, dispuestos a fecundar la tierra, que fueron expulsados del paraíso por abogados, periodistas, nietos de esclavos y bisnietos de mayas. En el fondo hablan del Adán y Eva, y y sitúan el Tigris en los algodonales del Golfo de México.

Siguiendo a Pasquier desciendes hacia el fin de la noche. Los ritos iniciáticos, ceremonias de ruidismo extremista y disfunción dialéctica, son extraños, aquelarres a los que los forasteros rara vez nos habíamos asomado.

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