Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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Don diablo se ha escapado

Enlace permanente 28 de Abril, 2007, 20:58

El Salvador
26/04/2007

L
as iniciativas de ley que han aparecido en la Asamblea para prohibir expresiones religiosas contrarias al cristianismo y la complacencia de muchos sectores religiosos con respecto a estas decisiones, no muestran otra cosa más que lo lejos que estamos todavía de aceptar uno de los principios fundamentales de la democracia, y también del liberalismo. Muestran lo difícil que es aún tolerar de manera completa el ejercicio de las libertades.

No es mi intención defender ninguna secta o religión establecida o predominante. Pero si vamos a ser coherentes con el compromiso hacia la democracia y hacia las libertades fundamentales, debemos aceptar que cualquier persona tiene el derecho de decir lo que le venga en gana, de usar los atuendos que le dé la gana, de reunirse con quien le dé la gana, de adscribirse a la religión que le dé la gana y de tatuarse en su cuerpo lo que le dé la gana, toda vez que con ello no vulnere los derechos fundamentales de otras personas y no ponga en peligro la integridad de los demás.

La propuesta de meter a la cárcel a quienes defienden a ciertas sectas y a quienes se tatúen ciertos símbolos considerados diabólicos, muestra lo lejos que están algunos políticos de aceptar los principios de la democracia en el país. Peor aún, las declaraciones de un diputado diciendo: "Somos un pueblo cristiano y no es posible que aparezcan estas sectas que adoran al demonio", sólo muestra el grado de intolerancia que existe en ciertos círculos políticos y religiosos, y el autoritarismo al que se puede llegar en la búsqueda de imponer ciertas ideas sobre los demás.

Las declaraciones del diputado están a sólo un paso de implicar que cualquier persona que no sea cristiana es inaceptable en el país. ¿Qué hay de aquellos ciudadanos que no son cristianos? ¿Qué hay de aquellos que son judíos, musulmanes, budistas o que adoran a cualquier figura que se les pone por delante? ¿No son parte del pueblo? ¿Habrá que marginarlos sólo porque no adoran al mismo dios de la mayoría? La respuesta de vuelta podría ser: "Esos casos son distintos porque no adoran al diablo".

Pero acaso, por ejemplo, el Corán y la Shari'a (la ley civil musulmana), no prescriben el sometimiento de las mujeres a los hombres; acaso esa religión no prescribe también perseguir a los infieles. Acaso estas prescripciones religiosas no parecen ser más peligrosas y antidemocráticas para los ciudadanos y ciudadanas que el tatuaje de simbología considerada diabólica. Eso dicen sus textos sagrados, pero no por ello marginamos a los salvadoreños que abrazan el Islam, porque al final de cuentas, su opción religiosa es cosa de ellos, y su culto en nuestro país no niega el culto de los demás.

Insisto, no me interesa salir a la defensa de una religión o secta religiosa. Personalmente no me importa mucho lo que digan las sectas religiosas. De hecho, sólo me importa cuando debo pedirles a sus misioneros y a sus pastores que respeten mi privacidad y que no me obliguen a escuchar sus mensajes en mi casa, a causa de los altoparlantes situados afuera de sus templos y de las visitas de evangelización no solicitadas. Me he decidido a escribir esta columna para señalar más bien la fragilidad de nuestra democracia y el tenue compromiso con las libertades, sobre todo de aquellos que se erigen a sí mismos como los guardianes de las mismas. Escribo esta columna, debo decir, con un poco de temor a que las renovadas expresiones de intolerancia religiosa en el país me alcancen a mi también.

Aunque discutible, el gobierno tiene todo el derecho de prohibir la entrada a quienes, por razones de pensamiento, considera que son una amenaza para el país; pero bajo ningún punto de vista puede o debe impedir que un ciudadano salvadoreño adopte una religión o pensamiento determinado, y exprese sus ideas con libertad, toda vez no dañe la integridad del otro.

El fundamentalismo religioso está a la alza en el país, el problema con el mismo no es que la gente tenga sus propias concepciones religiosas, sino que intente negar las de otros por la vía de institucionalizar a rajatabla su propia visión del bien y del mal.

Don diablo se ha escapado. Se esconde en los mismos agujeros del dogmatismo y de la intolerancia.

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