Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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Yo, Fistan, soy un niño hechizado

Enlace permanente 13 de Noviembre, 2006, 15:49

Crónica - El Mundo
12/11/2006

Tiene 14 años y cuenta al periodista en primera persona su drama, similar al de otros 70.000 niños de El Congo. Un hechicero dictaminó que estaba poseído y era la fuente de males de su familia. Expulsado, se alimenta de saltamontes

«Nunca he visto a un blanco comer saltamontes. Aquí los llamamos sonsomani. Los mayores los cambian por un puñado de arroz a la mujer gorda que tiene su puesto cerca de la entrada. Nosotros los cazamos por la noche. Es más divertido. Coges un cartón y esperas junto a una farola encendida. Tiene que ser bajita porque, como aún no hemos crecido, no llegamos muy alto por mucho que saltemos. Cuando tenemos un puñado, los echamos al puchero. Saben dulces y los ancianos dicen que alimentan mucho. Sé que es cierto porque hay días que no como otra cosa...

Los cocinamos en pandilla. Malachi consigue el maíz. Hay una mujer de su pueblo que cocina en un restaurante del centro y le pasa un cazo cuando puede. Aubrey la harina con lo que saca ayudando a su hermano a limpiar botas en la avenida principal. Y Simbatur siempre aparece con un puñado de hierbas que le dan un sabor muy bueno al plato. Sólo él sabe donde conseguirlas.

Yo me encargo de coger los cartones para hacer el fuego. En la época de lluvia es más difícil porque se mojan y luego no arden. Entonces nos tomamos los sonsomani y la harina crudos para calmar el estómago...

Por cierto, me llamo Fistan Fwitwe, tengo 14 años, y soy uno de esos miles de gorriones (como nos llaman algunos) que pululan por las calles de Lubumbashi -la segunda ciudad de El Congo- tratando de hacernos mayores lo más deprisa posible. Vosotros nos llamáis niños de la calle. Bueno, está bien. Soy niño y vivo en la calle. No me importa.

Los periodistas me dicen que somos unos 70.000 en el mi país. Imagino que eso debe ser mucho más que cuando nos juntábamos todos los vecinos de mi aldea debajo de una acacia, en Kasai, para escuchar al hombre del agua cuando venía a anunciarnos el mejor momento para plantar la cosecha. Aunque sé escribir mi nombre y conozco los números, fui muy poco a la escuela. Y si no fuera por aquellos hombres armados y borrachos que entraron un día y la quemaron, ahora sabría leer. Pero esa es otra historia...

Mi mamá se murió cuando yo tenía seis años. Era muy guapa y alegre y nos cantaba para dormirnos. Me acuerdo mucho de ella. De repente empezó a adelgazar y estaba siempre tumbada en la choza sudando y soñando en alto. Se fue de noche y no pude despedirme de ella.

Papá trajo otra mujer meses más tarde. Yo la conocía porqué mamá hablaba de ella como «la otra» y no le caía muy simpática. Siempre me decía que me alejase de ella. Lo primero que hizo es poner a sus hijos a dormir en nuestro rincón. Mis hermanos y yo tuvimos que irnos fuera a pasar las noches. También nos daba menos comida que a ellos y nos encargaba todas las tareas pesadas de la casa mientras que nuestros hermanastros vivían como señores.

Papá no decía nada. Se pasaba el día lamentando su suerte. Se le había muerto su primera mujer, tenía malaria, pesadillas por las noches y se había quedado sin trabajo. Cuando llegaba desesperado nos chillaba para que fuésemos por ahí a conseguir algo de comer. Hasta que un día se decidió a llamar al hechicero. Estaba convencido de que nos habían echado algún mal y tenía que saber qué o quién lo provocaba.

Aquella noche cambió mi vida. Papá le dio a aquel hombre de mirada bizca nuestras últimas dos gallinas y la mitad de la mandioca que nos quedaba. El hechicero llegó fumando en una especie de pipa. Recorrió los rincones de la choza, ahumó los escasos enseres y nos examinó detenidamente uno por uno. Nos ponía la mano encima, cerraba los ojos, sacudía alrededor un racimo de hierbas, gemía o cantaba, no lo se bien, y no dejaba de moverse.

Mi madrastra había hablado con él antes sobre mí. Cuando el hombre llegó a mi altura, se paró en seco. Me clavó su mirada y dio un grito triunfal. A voces le dijo a mi padre que yo estaba embrujado, que mientras permaneciese en esa casa nada bueno iba a pasar por allí. La única solución era llevarme a ver al profeta Kabuni, el pastor de una iglesia del pueblo vecino -hay unas 2.000 sectas cristiano-animistas en todo el país que se dedican a exorcizar niños- especializado en sacar demonios de dentro del cuerpo .

Palizas de la Policía
Esa noche y las siguientes me mandaron a dormir a un rincón de la cocina y me obligaban a comer solo para que no «contaminase» a mis hermanos. A partir de ese momento, todos mis familiares me trataron mal, como si no fuese una criatura humana. Lo peor vino cuando me llevaron a la iglesia de aquel hombre. Me tuvieron tres días sin comer ni beber porque pretendían que confesase que estaba endemoniado y cuáles eran mis intenciones.

Como no entendía nada, al cuarto día me dieron agua con sal y algo más que me hizo vomitar. El profeta dijo que era «la reacción» del demonio ante esa agua santa. Pero lo más duro fue cuando me pusieron los dedos sobre unas extrañas velas encendidas y me los quemé. Ahí no me quedó más remedio que confesar lo que ellos querían. Aquel horrible lugar estaba lleno de niños hechizados. Recuerdo a uno, Albert, del que decían que había transmitido el sida a toda su familia. Casi lo matan.

A los culpables nos echaron de la aldea. Los padres salesianos españoles nos tratan muy bien. Nos dejan este patio para dormir porque los policías nos pegaban por la noche para que trabajásemos para ellos. La cena nos la hacemos nosotros mismos. Pero, a cambio, nos ponen películas por la noche y enseñan a leer, escribir y pintar a los que quieran por la mañana...

Me gustaría volver algún día a casa. El domingo pasado hubo elecciones. Les pregunté a todos los que iban por la calle: ¿A quién hay que votar para que no haya más niños hechizados? Pero nadie me respondió porque soy un niño que come sonsomani...

Fistan Fwitwe, de 14 años, vive en las calles de Lubumbashi, se segunda ciudad del Congo, y se alimenta de insectos.

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