Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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Sectas o confesiones: ¿dónde situar la frontera?

Enlace permanente 24 de Septiembre, 2006, 22:29

Forum Libertas
22/09/2006

La existencia de un Registro público conduce, inevitablemente, a aclarar el concepto legal de iglesia o confesión religiosa.

La para algunos sorprendente inscripción de la Iglesia de Unificación de Moon en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, confirmó que la libertad religiosa es un derecho fundamental cuya titularidad pertenece a las personas y a las confesiones, y solamente puede limitarse si se vulnera el orden público o los derechos de los demás ciudadanos.

Para el Tribunal Constitucional, en su sentencia 46/2001, de 15 de febrero, es propio de nuestro Estado que el Registro no se convierta en una especie de “ teólogo” que determine la línea que separa lo que va de una confesión a una secta. Así, cuando un grupo acredita debidamente los requisitos exigidos por el Real Decreto 142/1981, de 9 de enero (denominación, domicilio, fines religiosos, funcionamiento interno y representación legal), se entiende que dicho grupo debe obtener el status legal de confesión o iglesia. No ha ocurrido con algunos grupos, por ejemplo la Iglesia de la Cienciología, y otros menos conocidos.

¿Nos encontramos ante sectas o confesiones? ¿Las actividades que realizan ciertos movimientos tienen finalidades verdaderamente religiosas o más bien comerciales o de otro tipo?

La existencia de un Registro público conduce, inevitablemente, a aclarar el concepto legal de iglesia o confesión religiosa. En general, el Registro se sirve de las coordenadas conceptuales próximas a la tradición mayoritaria, por lo que una interpretación rígidamente “cristiana” correría el riesgo de marginar a nuevos movimientos religiosos cuya estructura organizativa no es similar a la de las iglesias cristianas.

Tal vez, la solución más dable para interpretar el requisito de los « fines religiosos» pase por aceptar de un modo amplio la diversidad colectiva del fenómeno religioso. Un fenómeno universal que, de suyo, no puede constreñirse únicamente al sentido que se le dé en un entorno histórico y cultural.

No obstante, cualquier grupo que desee la inscripción deberá respetar el orden público y no caer en la denominada cláusula de exclusión del artículo 3.2 de la Ley Orgánica 7/1980, de 5 de julio, de Libertad Religiosa. Esta cláusula orilla del concepto legal de iglesia a los grupos que persiguen fenómenos psíquicos o parapsicológicos, o difunden valores humanísticos o espiritualistas análogos o ajenos a los religiosos.

A pesar de la indeterminación de este precepto, a nadie se le escapa que proliferan grupos que pretenden inscribirse en el Registro para obtener por vía administrativa lo que socialmente no consiguen: una mayoritaria aceptación.

A mi juicio, los requisitos que determinan legalmente lo que es una confesión o iglesia siguen siendo válidos. No debe olvidarse que, en estas cuestiones, el sectario no es el etiquetado, sino el que etiqueta. Por ello, nuestro Código Penal no define lo que es una secta –como parecía iba a ocurrir en Francia–, pero tiene instrumentos para evitar que, so capa de la religión, proliferen movimientos con oscuros objetivos, no precisamente religiosos.

Para el Registro del Ministerio de Justicia, flexibilidad y amplitud en la interpretación de los requisitos no significa –o no debería significar– caer en la ingenuidad que supone inscribir a todos los grupos que demandan un status legal.

La para algunos sorprendente inscripción de la Iglesia de Unificación de Moon en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, confirmó que la libertad religiosa es un derecho fundamental cuya titularidad pertenece a las personas y a las confesiones, y solamente puede limitarse si se vulnera el orden público o los derechos de los demás ciudadanos.

Para el Tribunal Constitucional, en su sentencia 46/2001, de 15 de febrero, es propio de nuestro Estado que el Registro no se convierta en una especie de “ teólogo” que determine la línea que separa lo que va de una confesión a una secta. Así, cuando un grupo acredita debidamente los requisitos exigidos por el Real Decreto 142/1981, de 9 de enero (denominación, domicilio, fines religiosos, funcionamiento interno y representación legal), se entiende que dicho grupo debe obtener el status legal de confesión o iglesia. No ha ocurrido con algunos grupos, por ejemplo la Iglesia de la Cienciología, y otros menos conocidos.

¿Nos encontramos ante sectas o confesiones? ¿Las actividades que realizan ciertos movimientos tienen finalidades verdaderamente religiosas o más bien comerciales o de otro tipo?

La existencia de un Registro público conduce, inevitablemente, a aclarar el concepto legal de iglesia o confesión religiosa. En general, el Registro se sirve de las coordenadas conceptuales próximas a la tradición mayoritaria, por lo que una interpretación rígidamente “cristiana” correría el riesgo de marginar a nuevos movimientos religiosos cuya estructura organizativa no es similar a la de las iglesias cristianas.

Tal vez, la solución más dable para interpretar el requisito de los « fines religiosos» pase por aceptar de un modo amplio la diversidad colectiva del fenómeno religioso. Un fenómeno universal que, de suyo, no puede constreñirse únicamente al sentido que se le dé en un entorno histórico y cultural.

No obstante, cualquier grupo que desee la inscripción deberá respetar el orden público y no caer en la denominada cláusula de exclusión del artículo 3.2 de la Ley Orgánica 7/1980, de 5 de julio, de Libertad Religiosa. Esta cláusula orilla del concepto legal de iglesia a los grupos que persiguen fenómenos psíquicos o parapsicológicos, o difunden valores humanísticos o espiritualistas análogos o ajenos a los religiosos.

A pesar de la indeterminación de este precepto, a nadie se le escapa que proliferan grupos que pretenden inscribirse en el Registro para obtener por vía administrativa lo que socialmente no consiguen: una mayoritaria aceptación.

A mi juicio, los requisitos que determinan legalmente lo que es una confesión o iglesia siguen siendo válidos. No debe olvidarse que, en estas cuestiones, el sectario no es el etiquetado, sino el que etiqueta. Por ello, nuestro Código Penal no define lo que es una secta –como parecía iba a ocurrir en Francia–, pero tiene instrumentos para evitar que, so capa de la religión, proliferen movimientos con oscuros objetivos, no precisamente religiosos.

Para el Registro del Ministerio de Justicia, flexibilidad y amplitud en la interpretación de los requisitos no significa –o no debería significar– caer en la ingenuidad que supone inscribir a todos los grupos que demandan un status legal.

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