Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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Y ahora: Brujos en Saltillo

Enlace permanente 25 de Julio, 2006, 13:49

Jesús Peña
Vanguardia

SALTILLO, COAH. JULIO 24, 2006 - Escupí el líquido con sabor a bicarbonato sobre el plato blanco y el diagnóstico fue terrible: “Aquí hay algo de magia negra contigo”.

Segundos antes, el santero me había pedido que extendiera los brazos y pronunció como cuchicheando una plegaria que no entendí.

“¡Viene, viene, échalo!”, me gritó rodeándome con sus manos a la altura de mi estómago y jalando hasta el pecho.

Un aroma de yerbas medicinales e incienso inundaba aquella oscura habitación.

El contenido del plato sobre el que escupí se tornó luego de un color turbio, más bien sanguinolento, que despedía a distancia un olor que me recordó el aroma a huevo podrido.

“¡Madre mía!”, profirió asustada la ayudante del curandero.

El profesor me llevó entonces hasta el escritorio y comenzó a negociar conmigo:

–¿Tú quieres que te cure o nomás vienes porque te dijeron?

–Quiero que me cure.

–¿Estás dispuesto?, ¿andas preparado?, se gasta un dinero para eso...

Y advirtió que me cobraría por un “trabajo de liberación” que duraba algunas sesiones.

El costo: 2 mil 721 pesos exactamente.

-¿Cuánto traes ahora mismo?-, me preguntó con cierto dejo de impaciencia.

-Nomás lo de la consulta-, respondí, pero él insistió:

-¿No traes nada?...

Todo empezó aquella mañana cuando llegué hasta el número 15-46 de la calle Hidalgo, justo en las entrañas de la colonia Bellavista, atraído por un comercial de televisión en el que un tal profesor Andrés Miller prometía la solución a todos mis problemas.

Dije que me llamaba Rubén González, que trabajaba en una tienda de abarrotes, que era soltero y que sólo en contadas veces había acudido con una adivina de barrio para que me leyera las cartas.

“¡Ay tú no tienes suerte para nada, Rubén!”, adujo el curandero alto, obeso y de piel morena, que hasta entonces supe se llamaba Ariel, también de apellido Miller.

“¿En qué quieres que los hermanos Miller te ayuden?”, inquirió.

Después echó un leve vistazo a la palma de mi mano derecha, “¡ay Virgen santa!”, exclamó y se tocó la cabeza como en señal de dolor, su semblante reflejaba un profundo pesar.

-¿Qué tiempo tienes tú trabajando en esta tienda?-, preguntó al estilo del doctor que elabora un historial clínico.

-12 años.

-¿Cuánto es lo que has podido ahorrar en esos 12 años de trabajo?-, volvió a interrogar, disimulando su malicia.

-Poco-, dije con simpleza.

De pronto su rostro se tornó grave y su voz adoptó en segundos un frío dramatismo.

El profesor Ariel Millar había visto en las líneas de mi mano la muerte misma, problemas con la justicia y mala suerte en el amor.

-Se ve una muerte muy dolida, gente muy cercana a ti, alguien de tu casa, un hermano, tú mismo, tu mamá, tu papá. Se ve un dinero maldito ahí... ¿Y dices que no has podido ahorrar nada, nada, nada, nada?, porque aquí veo dinero-, dijo suspicaz y continuó indagando sobre la cuantía de mis bienes:

–¿Cuánto es lo que tú has podido ahorrar?

–Como unos 40 mil pesos.

–¿Ese dinero tú lo tienes en el banco o en tu casa?

Entones siguió su estrategia de miedo y me confió que algunos de mis compañeros de trabajo, me habían hecho objeto de una brujería llevando al panteón un muñeco de seda clavado con alfileres.

De ahí concluyó su diagnóstico, mis intensos dolores de cintura, de espalda, de cabeza, de rodillas y “esa cosa que te sube, te sube, te sube”.

Dijo con certeza que él me curaría y para ello debía presentarme otra tarde en el consultorio llevando un frasco vacío, una loción “Siete Machos”, dos veladoras blancas y 21 monedas de a peso “para los santos”:

-Tráete lo más que puedas, los 2 mil 700. ¿Cuánto es lo que puedes tú traer la próxima cita?, ¿lo puedes traer todo?-, volvió a interrogarme con visible inquietud y casi en tono de súplica.

Por un momento me mostré indeciso y Lucrecia Miller, la ayudante del curandero, una mujer de caderas anchas y pronunciado escote, acercó el plato con la sustancia que yo había escupido y soltó: “¡Mira, mira, mira!, ¿sí te convences? Esto es tierra de panteón que te dieron a tomar, la grasa del muerto y... ¿Entonces, qué me dices? Saca el dinero del banco....”.

Luego me despedí y crucé la entrada de aquella casa de dos plantas, pintada de un sutil amarillo y resguardada por un portón blanco que ostentaba una gran manta en la que se leía: “Centro Esotérico y Tienda naturista”.


La segunda visita
“Me caso contigo”, dijo la doctora Lucrecia Miller y mi cara se pasmó de sorpresa. Pero ese bodorrio tenía reglas.

Antes, yo debía traer el dinero acordado para mi curación y hacer todo lo que ella me dijera, luego iríamos a Puerto Rico a casarnos, regresaríamos a tierra mexicana y ella tendría “dos bebés mexicanitos” conmigo.

–“Me caso yo contigo, Rubén”, dijo con toda seguridad.

–“¿De veras?”, respondí incrédulo.

–“Me quedo aquí en Saltillo para toda la vida. ¿Tú te quieres casar conmigo? ¿Te casarías conmigo?”, volvió a interrogarme.

–“¡Claro!”, dije sin vacilar. Luego me suplicó que no comentara esto con nadie, por aquello de las envidias.

Era mi segunda visita al Centro Esotérico. Había entrado con la doctora Miller a un consultorio iluminado solamente por los pabilos encendidos de muchas veladoras, puestas en torno de un gran altar rebosante de imágenes de santos.

A mitad de la charla, Lucrecia me explicó que en los días venideros mi estado de ánimo y mi suerte en el amor mejorarían visiblemente. Para eso ella curaría mi interior con una limpia, que llamó ‘De la 21 Potencia’ y quedaría tan sano, que hasta ella misma podría ser mi novia algún día.

–“¿A ti te gustaría que yo fuera tu novia?”, vociferó.

–“Sí, me encantaría”, contesté sonriendo de oreja a oreja, “pero primero vamos a limpiarte, porque yo no quiero esa salación encima, ¿oíste?”, replicó amenazante.

Después dijo que ella me proporcionaría una esencia para que yo empezara a purificar mi cuerpo de la mala vibra y la salación, que estaban alejando de mí a la mujer de mis sueños.

El líquido amarillento y acuoso que más tarde puso en mis manos, en una botella de refresco, traería a mi vida como un imán la buena fortuna, siempre y cuando me frotara religiosamente la cabeza y los hombros todas las mañanas, antes de irme a trabajar.

–“Las mujeres -me dijo convencida Lucrecia- llegarán solitas a tus pies”.

Al principio de nuestro encuentro le había entregado las dos veladoras blancas, la loción “Siete Machos”, el frasco vacío y las 21 monedas que la sesión anterior el profesor Ariel Miller me pidió que llevara.

Lucrecia ordenó me parara frente al altar, caminara tres pasos, pensara en un deseo y colocara los 21 pesos sobre la mesa que sostenía aquellas imágenes y de la que sobresalía otro montón de monedas de distintas denominaciones.

“Que se oiga que caen las monedas”, dijo imperativa mientras me disponía a ejecutar aquel ritual.

Luego, preguntó si llevaba los 2 mil 700 pesos que Los Miller cobrarían por el trabajo de sanación.

Le expuse que una pequeña dificultad me había impedido retirar el dinero del Banco, pues la cuenta estaba a nombre de uno de mis hermanos, que ahora se hallaba ausente de la ciudad.

“¿Y no conseguiste nada...?”, preguntó al tiempo que le extendí un billete de 200 pesos.

Antes de que concluyera la sesión, Ariel Miller y otro profesor que se presentó como Sué Miller, hicieron su aparición en el consultorio. Casi de inmediato Lucrecia les confió, fingiendo alegría, lo de nuestro matrimonio:

“Le estoy diciendo que hasta yo me puedo casar con él”, dijo sonriendo. Los dos hombres estallaron en una carcajada.

Entonces Ariel Miller se acercó a la mujer que se hallaba sentada frente a la mesa del consultorio, le pidió se pusiera de pie y se diera una vuelta ante mis ojos, otra vez perplejos.

“¿Eh?, ¿tú crees que puedas o le haces la lucha?”, dijo Miller riendo y perdiéndose entre la oscuridad del pasillo.

Es Magia "Química"
Cuestionado en torno a los trucos utilizados por algunos brujos o charlatanes para engañar a sus víctimas, un farmaceuta, que por razones obvias pide el anonimato, declara que es común que durante las sesiones de sanación o exorcismo estos estafadores utilicen sustancias como el agua carbonatada y el yodo metaloide.
Y explica que este compuesto se presenta frecuentemente en forma de granos pequeños e imperceptibles a simple vista, que colocados en recipientes y mezclados con agua carbonatada, o alcohol, cobran un color semejante al de la sangre y un olor como a huevo podrido.

“Son unos granitos, una tierrita que pasa desapercibida a la vista del público”.

La esencia
Este especialista concluye también que el brebaje obtenida por Semanario en nuestra última visita al Centro Esotérico y que frotado en el cuerpo – aseguró la doctora Lucrecia– puede atraer el amor, no es más que agua mezclada con esencia de lima, un compuesto usado para suavizar la piel, perfumar el ambiente o limpiar pisos.
“Esto trae alcohol, esencia de lima y agua simple, no vale nada, se puede usar, incluso, para barrer una banqueta y darle un aroma agradable, fresco”.

En la mira de migración
Óscar Romeo Maldonado Domínguez, delegado regional del Instituto Nacional de Migración en Coahuila, señaló que en fecha reciente esta dependencia realizó una inspección a un local en el que desde hace tres meses opera un extranjero que entró a México en calidad de comerciante de productos naturistas.
“Por cuestiones de derecho de personalidad y de seguridad nacional me reservo el nombre, pero está ahorita en los medios. Usted sabe quién es, es el motivo de su investigación”.

¡Que denuncien!
Y exhortó a las víctimas de fraude o estafa, por parte de supuestos curanderos o esotéricos procedentes de otros países, a que denuncien estos delitos.
“Al Instituto le toca multar y obligar a la persona a realizar las actividades que le fueron autorizadas por Migración. Si la violación es grave o en perjuicio del país, los extranjeros son expulsados”.

Hay crisis religiosa
Para el sociólogo Luis García Abusaíd, la actual crisis que vive la religión institucionalizada ha originado que en ciertos sectores de la sociedad la gente recurra a la consulta con brujos y al uso de amuletos.
“La institución religiosa tiende a desvanecerse ante este desencanto galopante, que está reduciendo a la religiosidad institucionalizada a su mínima expresión a un segundo plano”.
Declaró que este fenómeno se puede explicar también como el afán del ser humano por reforzar su religiosidad, buscar otras formas de expresión religiosa y creer “en algo”, en un mundo cada vez más convulso y difícil de entender.

“La gente, sobre todo las clases populares, viven situaciones de desempleo, inseguridad y se ven obligados a buscar alternativas que refuercen esa fe católica o de otro tipo. Es la necesidad que tiene la gente de creer profundamente en una alternativa que mejore su vida y la de su familia.

"Es falta de fe"
Pero para la Iglesia católica la falta de una fe sólida en la doctrina cristiana, ha provocado que las personas busquen la protección en amuletos o símbolos incluso diabólicos.
José Luis del Río y Santiago, sacerdote autorizado por la Diócesis de Saltillo para realizar exorcismos, comentó que hoy los cristianos se han olvidado de la existencia de Dios.
“Ignoran que Jesucristo ya vino a destruir todas las obras del diablo, se olvidan de que la providencia de Dios cuida de todos nosotros, de que tenemos un ángel custodio que nos protege día y noche”. Y advirtió que aún los católicos desconocen algunos recursos que la Iglesia acostumbra, y que tienen la eficacia para ahuyentar al Enemigo. “Por ejemplo, el uso de ciertos sacramentales como el agua bendita, los cirios o las veladoras benditas, los crucifijos y las medallas de la Virgen María”.
Declaró que ante esta ausencia de fe y de información, la gente cae en manos de curanderos, brujos, espiritistas, adivinos y esotéricos que promueven objetos satánicos.
“Como ese esqueleto que llaman la Santa Muerte...”.

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