Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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16 de Julio, 2006

 

Espiritualidad a la moda

Enlace permanente 16 de Julio, 2006, 21:56

Con más de 50 centros repartidos por todo el mundo, la kabbalah llegó a Chile hace ocho años, pero hoy ha triplicado sus miembros. El centro chileno -emplazado en plena comuna de Las Condes- cuenta con 200 alumnos y 5 profesores. El dato freak es que dos de las “profes” son hijas del animador Juan La Rivera y del actor Alejandro Cohen, respectivamente. ¡Top!

Gonzalo León La Nación

Santiago se moja y, en algunas partes, se anega. Sin embargo, en Las Verbenas, a la altura de Padre Hurtado, a pasos del Alto Las Condes, dos pobres tipos aguardan a que sean atendidos en el Centro Kabbalah de Chile. Uno de ellos observa la minibiblioteca, en donde se aprecia el libro “Las rosas inglesas”, escrito por la famosísima Madonna. El otro soy yo.

–Yo estuve para el lanzamiento de ese libro en Nueva York –cuenta Leonor La Rivera, quien cual fantasma ha aparecido por la única puerta de la “tienda” o minibiblioteca–. La misma Madonna me lo autografió. ¿Sabías que todos los derechos los donó al Centro Kabbalah?

No tenía la más p... idea. Leonor aprovecha para presentarse y, en el acto, me pregunta cómo me enteré de la existencia del centro. Mi memoria, inundada con tanta agua y alcohol, no encuentra nada.

–De seguro fue en alguna revista –agrega, intentando achuntarle–. ¿”Cosas”?... No. ¿”Caras”? ¡No!... Hummm. ¡Ya sé! “Paparazzi”.

Por fin recuerdo y le digo que, de una tienda de productos naturales cerca de mi casa, me traje una revista, como folletín, y que ahí estaba el anuncio del centro. Desilusionada, Leonor mira de reojo a la persona que contesta el teléfono y le pregunta:

–¿Cómo es que se llama esa revistilla?

– “Mundo Nuevo” o algo así.

–Bueno, ¿pero qué sabes de la kabbalah? –me interroga Leonor, cambiando de cara y de tema.

Lo único que sé es que Madonna es su máximo referente, que tiene algo que ver con el judaísmo y que, de acuerdo a un libro de mi chica trotskista, se puede vincular al tarot, a la numerología y a la astrología. Leonor sonríe y advierte:

–Lo del tarot no es exacto.

Al parecer aprobé, ya que la persona que contesta el teléfono me pasa una ficha de inscripción.

–Ahora hay una charla introductoria gratuita que dictará Itzhak, pero si quieres continuar deberás pagar 101 mil pesos por el primer curso, en tres cheques. También contamos con precios especiales para estudiantes y tercera edad.

Álvaro Hoppe, mi fiel escudero de 50 batallas, dice con entusiasmo:

–Ah, pero yo estoy estudiando de noche en el Uniacc.

Hijos de...
Además de Hoppe y yo, ahora se nos ha unido Carolina, recomendada por el actor Alejandro Cohen. Ella vive a unas cuadras de aquí y, en este preciso momento, completa su ficha.

–La kabbalah es una espiritualidad y no una religión –explica Leonor–. En este sentido, no hay normas que cumplir. Además, kabbalah significa “recibir”.

–¿Recibir un conocimiento? –pregunto recordando a Prem Rawat, un indio que esparce un peculiar “conocimiento” a todo el mundo, vía teleconferencias.

–No –corrige–. En la kabbalah aplicamos el conocimiento que encontramos en el Torah, el Antiguo Testamento de los judíos, y que explica el Zohar. ¿Alguna vez han visto el Torah?

–Son pliegos de cuero escritos –responde Hoppe, para mi sorpresa–. Parecen una constelación.

–Yo creo que es lo más parecido a un ship –acota Leonor La Rivera, alias “Leo”. El nombre me ha dado vuelta unos minutos, por lo que cojo valor y le pregunto si tiene algún parentesco con el famoso Juanito–. Soy su hija –admite y enseguida agrega–: Trabajé como maquilladora en Canal 13, pero me aburrí de todo eso cuando me tocó maquillar al Dalai Lama la primera vez que vino a Chile. Gracias a él descubrí que los lamas no se maquillaban.

Como la curiosidad me corroe, decido preguntar cuál es el apellido de Itzhak, la persona que nos dará la charla. Pero, en este preciso momento, ingresa a la tienda y, sacando una tarjeta, se presenta. Su apellido es Pollack. Imagino que es hermano de Savka, pero no me atrevo a preguntárselo.

–Los más cercanos me dicen Eddie, y soy el coordinador de Kabbalah en Chile. ¿Saben? Esto es extraño, pero la lluvia en Santiago hace que la gente se quede en sus casas y no venga a las clases. Hoy teníamos a veinte personas confirmadas y sólo veo a tres, así es que, Leonor, suspenderé la charla. ¿La podrías hacer tú?

Las miradas se cruzan y chocan como estrellas.

–Bueno, por el momento les puedo decir que el Centro Kabbalah nace en 1922, en Jerusalén, por iniciativa de un rabino –agrega Itzhak, a modo de resumen–. No obstante, la kabbalah tiene una tradición que se remonta a cuatro mil años atrás, con el mismísimo Abraham. Cristóbal Colón, Isacc Newton y Sigmund Freud eran kabalísticos. Sólo que antes los que tenían acceso a la kabbalah eran los judíos mayores de 40 años. Cualquier cosa, hablen con Martita –advierte Itzhak Pollack señalando a una distraída señora–. Ella es parte del inventario.

–¿Le estás diciendo vieja? –replica Leonor.

Y cuando está por contestar, la persona del teléfono habla:

–Es Carolina, tu madre.

La improvisada clase
En una pequeña sala, Leonor expone frente a un grupo formado por cuatro personas. Se ve relajada y contenta, como su padre cuando animaba el Festival del Huaso de Olmué. Cuenta que lleva en la kabbalah ocho años, que desde hace un año es profesora y que, en la mañana, había hecho clase a un grupo.

–Lo que mueve a la humanidad es la carencia, el deseo –afirma.

Hasta el momento nada nuevo bajo el sol.

–La kabbalah es una mezcla entre determinación y libre albedrío. Cuando uno toma conciencia de esto, la vida se va volviendo más fácil, porque la mente predomina sobre los deseos primarios. Así, si uno tiene hambre y ve una manzana, no la roba inmediatamente, sino que pide la manzana, porque sabe cuáles son los riesgos de robar.

Levanto la mano y pregunto:

–¿O sea, que está mal robar?

Leonor hace un gesto.

–A lo que me refiero es que hay una concordancia entre las semillas que planto versus los resultados que obtengo. Por ejemplo, si te dan a elegir entre ser pobre y sano o rico y enfermo, ¿qué eliges?

–Rico y enfermo –se apresura en contestar Hoppe–. Porque con la plata me puedo sanar.

–No –repone Leonor–. Siempre hay una tercera opción. Entonces, ¿por qué no se puede ser rico y sano? De ahí el éxito de Madonna. ¿Acaso piensan que su éxito se debe a un buen físico y a un excelente marketing? Madonna es el mejor ejemplo de que las enseñanzas de la kabbalah funcionan. Ella siembra para obtener esos resultados.

Parece que esto es más complicado de lo que imaginaba.

–La kabbalah, a través del estudio de la Zohar, nos enseña los porqués. ¿Han escuchado hablar del efecto mariposa?

Silencio en la sala.

–Con nuestra energía afectamos a otros. Con esto quiero decir que hay un mundo más allá que éste y que hay que saber mirar. En ese sentido, la kabbalah te muestra cómo funciona la “matrix”. ¡Ah! Y por si no lo sabían, los creadores de “Matrix” [los hermanos Wachowski] son alumnos kabalísticos.

–¿Y los sueños? –pregunto.

–Los sueños son cartas.

Como ayer soñé con que era un oso panda, le consulto a Leonor qué significado tiene eso. Leonor sonríe y repone:

–Lo único que te puedo decir es que el rey David les asignaba tanta importancia a los sueños que dormía una hora solamente. En general, es bueno contar el sueño a alguien más preparado. –Leonor observa la hora y, luego, pregunta–: ¿Alguna duda?

Alejandro Cohen
Al salir de la sala, Leonor nos presenta a dos profesores: David y Betania. David usa ese típico sombrerito judío que tapa la calva. Betania nos mira con dulzura. Leonor nos cuenta que, además de ellos, está Jael.

–¡Bienvenidos! –espeta David con entusiasmo.

–Para la próxima vez se pueden venir a tomar un té aquí mismo –dice Leonor, indicando la diminuta cafetería donde están los profesores.

En la tienda nos despedimos. Tomamos nuestros paraguas y, cuando estamos por atravesar la puerta de calle, Álvaro Hoppe se topa con el actor Alejandro Cohen. Hoppe me había contado que Cohen había sido profesor suyo en la Escuela de Teatro de la Casa de la Luna Azul. Sin embargo, Cohen no lo reconoce.

–Dame una pista –solicita Cohen, mojándose.

Hoppe lo hace y ahí se acuerda.

–¡Qué coincidencia, ¿no?! –exclama Hoppe.

–¡Nada es una coincidencia! –replica Cohen, cabalísticamente.

De nuevo en la tienda del centro, Hoppe le cuenta a Cohen que ahora es fotógrafo y le pide si le puede tomar una foto.

–Por supuesto, ¿pero podría ser una con mi hija menor?

Cohen se refiere a la profesora que, minutos antes, nos había saludado: Betania.

–¿Y me puedes enviar las fotos por mail? –insiste Cohen.

–Difícil. La tecnología me supera –responde.

Clic. Clic. Toing.

–¿Me sacaste la foto?

–Sí, ya te la saqué.

Risas, y esto –como siempre– se acaba por cábala.

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