Informe sobre Sectas : Reflexiones sobre el fenómeno de las sectas hoy

 

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Una mañana con Dios

Enlace permanente 7 de Noviembre, 2005, 7:18

Sergio Carreras
La Voz del Interior on line - 6 de noviembre de 2005

¿Qué es una semana en la vida de Dios? Es muy probable que nada. Pero también puede serlo todo. Si no, se lo preguntemos a Javier Ricardo Ocampo, el riojano que viste túnica, se hace llamar Maestro Amor, se autoproclama Dios y suma miles de seguidores en Argentina y en diversos países del mundo. A partir de que el domingo pasado La Voz del Interior publicara la primera nota sobre él, el Maestro Amor se convirtió en un personaje conocido a lo ancho del país. Los diarios repitieron su historia y las radios y canales de televisión, entre la sorpresa y la sorna, se disputaron los testimonios de quienes se presentaron como seguidores, víctimas o admiradores suyos. Los medios catamarqueños contaron por primera vez la historia del riojano que está construyendo su templo a sólo 40 kilómetros de la capital provincial, la página en Internet www.maestroamor.com.ar quedó momentáneamente fuera de servicio debido a la cantidad de visitas recibidas y Claudio María Domínguez, divulgador de múltiples terapias alternativas y principal colaborador mediático del Maestro Amor, recorrió los medios de Capital Federal difundiendo la imagen divina del riojano.

Mientras la repercusión crecía, los seguidores del Maestro Amor se comunicaron con este diario para ofrecer una entrevista exclusiva con él, previa a la gran conferencia de prensa que tendrá lugar este miércoles en Catamarca, para la que están invitados medios de todo el país. En sólo una semana, la exposición y los cuestionamientos públicos obligaron al dios riojano a descender para recibir a la prensa. Su primera entrevista, en exclusiva, ocurrió como ahora se cuenta.

En este lugar sagrado

Llegamos a Colonia del Valle, el pueblo chacarero donde el Maestro Amor está construyendo su ashram, o sea el lugar sagrado donde mora la divinidad y hacia donde peregrinan sus fieles. El lugar está entre dos cadenas de montañas y, aunque todavía incipiente, quiere imitar el estilo del que Sai Baba levantó en la ciudad india de Puttaparthi, hacia donde viajan millones de seguidores cada año. Nos recibe Matías Romero, estrecho colaborador del Maestro, quien en rápidas indicaciones nos describe el lugar: allá, la cocina; aquellos son los baños; ese es el templo, y más acá están las plazoletas para los niños, con carteles que indican los valores que se les intenta inculcar mientras juegan: bondad, rectitud, verdad y cosas así. Nos encontramos también con Romina Carullo, periodista de Capital Federal y ferviente devota de swami, palabra que significa algo así como maestro espiritual y con la que todos se dirigen al dios riojano. Luego de la primera nota que publicamos, Romina nos envió un e-mail diciéndonos lo triste que la había dejado todo lo que contamos.

Para llegar al templo, hombres y mujeres no pueden ir juntos, sino que lo hacen por caminos distintos y guardando silencio. Mientras avanzamos, con Matías y el fotógrafo por un lado, Romina por otro, recordamos qué dijimos en aquella nota como para provocar esta invitación del Maestro Amor: que afirma ser Dios, que desde niño dice ser capaz de materializar joyas y objetos, que igual que Sai Baba hace aparecer vibhuti, la ceniza sagrada, que produce por kilogramos en una fiesta a la que congrega a cientos de devotos en cada octubre. También contamos que una ex seguidora suya lo acusó de quitarle a su novio, tener sexo con todos los colaboradores varones cercanos a él, maltratarla psicológicamente al punto de casi llevarla al suicidio y de predicar una cosa pero hacer otra: que lleva una vida cómoda y económicamente suelta, mientras sus seguidores duermen semanas en carpas y alimentándose a lentejas. También contamos que arma y desarma parejas, a las que les pide que piensen en él cuando las autoriza a hacer el amor, que suma seguidores y templos en una decena de países, que cura todas las enfermedades, que sus seguidores están convencidos de que puede caminar sobre las aguas y que abandonó la escuela porque, siendo quien era, no necesitaba aprender nada.

Todos esos detalles recordábamos cuando, antes de entrar al templo, nos hacen descalzar y nos llevan directamente hacia el centro de un escenario donde Ocampo espera, sentado en el suelo, en posición oriental, con túnica blanca y rodeado por un centenar de devotos. Pensábamos que sería una charla privada. Pero no: Dios decidió que era mejor no estar solo. Nos da la mano y luego nos señala la silla, ubicada frente a todos ellos, desde donde deberemos hacer la entrevista.

No vemos la vaca

Para romper el hielo y no ir derecho a los bifes, comenzamos preguntándole por su infancia. Nos cuenta que la pasó difícil, que sus padres pensaron que “estaba mal de la cabeza” porque era un niño muy particular y que su madre lo entregó a una casa hogar para protegerlo de su padre, quien había intentado venderlo a una familia rica cuando descubrió sus poderes. Nos ratificó que sí, que como cuenta su biografía oficial hacía aparecer cosas para regalarles a otros niños. Minutos después, ante una pregunta nuestra, reivindicó su capacidad para producir milagros o, como dijo, manifestar esas “capacidades”. Pero, agregó inmediatamente, se tratan de hermosos trucos de la mente, que él realiza cuando la gente que se le acerca tiene dudas sobre quién es él.

Buena parte de la conversación con el Maestro Amor transcurrirá en esos términos. Sus respuestas, ambiguas hasta la impaciencia, afirman y niegan lo que se le pregunta. “¿Usted es Dios, como dice?”, le preguntamos. “Todos somos Dios”, responde, antes de perderse en una explicación sobre que cada persona entiende según su estado emocional y de conciencia, o sea, para algunos la respuesta es “sí”, para otros “no”. Aunque eso no borra el hecho de que todos sus seguidores lo consideran, si no Dios, por lo menos una encarnación de algo parecido a la divinidad. “¿Por qué afirma que sabe la fecha de su muerte, a los 96 años, igual que Sai Baba?”. “Eso es algo más profundo”, nos educa. “Yo veo otras formas, otras cosas”, nos dice antes de explicarnos que no podemos alcanzar el nivel de abstracción según el cual él entiende los números y las matemáticas.

A lo largo de la entrevista, el Maestro Amor nos dejará algo muy claro: somos ignorantes, nunca podremos entender sus palabras, y todo lo que dice –pese a que nos suene pueril, cuando no sin sentido– posee una inteligencia profunda que está más allá del alcance corto de nuestro cerebro. Estas afirmaciones son aprobadas por todos sus fieles que, sentados en el piso, con túnicas blancas o naranjas, rapados algunos, nos observan con una sonrisa indulgente.

Para que todos sean testigos de nuestra incapacidad “emocional” e “intelectual”, el Maestro nos da un papel con manchas. “¿Puede ver la vaca?”, nos pregunta. Luego nos muestra otro papel en que las mismas manchas aparecen más nítidas y permiten descubrir la figura del animal. El mecanismo, similar a algunos juegos de la revista Billiken, evidencia, nos dice, que somos subjetivos, vemos lo que queremos ver, no estamos capacitados para entender a seres como él y somos, en definitiva, ignorantes.

Por momentos pensamos que estamos siendo víctimas de un gran broma, que saldrá alguien y nos advertirá que todo fue una cámara oculta para un programa humorístico. Pero no aparece. Primero la situación nos causa risa, luego nos corre un escalofrío cuando recordamos que todos los que están en ese galpón convertido en templo creen estar escuchando una verdad revelada. Ríen y hacen gestos de aprobación después de que el Maestro emboca alguna respuesta redonda, o cuando no podemos disimular la sorpresa por la ingenuidad de lo que acaba de decir.

Sexo sexualizado

A la hora de responder la acusación que le hizo una ex devota cordobesa sobre su manera de relacionarse sexualmente con los seguidores varones, el Maestro Amor dijo que, en el ashram, “todos viven su sexualidad de modo abierto” y es un tema del que hablan sin miedo. Respondió que allí el sexo no es algo heterosexual u homosexual o como se quiera definir, porque hoy la gente “ha sexualizado el sexo”. Aclaró que todos tienen sus relaciones “normalmente” y no permite obscenidades ni maltratos.

Sin más precisiones sobre el sexo, preguntamos sobre la plata. Ocampo dijo que la obtiene a través de la empresa editorial Ediciones El Mensaje, que vende sus libros, aunque en las librerías de la ciudad de Catamarca no es posible encontrar uno solo de sus títulos. Dijo que también llevan adelante algunos microemprendimientos, si bien es difícil creer que así termine de construir su predio sagrado, en el que espera recibir a millones de personas, y la gran casa que se está terminando en la localidad catamarqueña de Miraflores, más allá de que en su página de Internet pida donaciones a los fieles para conseguir la mesada de la cocina, los zócalos y concluir la red eléctrica.

El Maestro Amor nos invita a hacerle preguntas a algunos de los devotos que lo acompañan. Comenzamos por Romina, la periodista porteña, quien nos relata que primero sus padres fueron seguidores del Maestro y lo invitaban a su casa en el barrio porteño San Isidro mientras ella se encerraba en su pieza a llorar y se tapaba la cabeza con la almohada para no escucharlo. Pero del odio pasó al amor, nos dice mientras llora junto a Ocampo.

También llora, de manera incontenible, la cordobesa Analía Abuh. Dice que el Maestro Amor es lo máximo que le pasó en la vida y que gracias a él conoció a Matías Romero, con quien el maestro la casó y de quien ya tuvo su primer hijo, nacido acá. Matías, quien nos recibió al llegar, es de Buenos Aires, experto en informática y ex monaguillo de una iglesia católica. Nos muestra el bebé, sonríe y nos dice que es “la materialización más bella” que le dio el Maestro.

Nadie quiere salir de aquí

Juan Ignacio Gilligan, basquetbolista de Bahía Blanca, dijo haber estado perturbado dos días luego de leer la nota que publicó este diario la semana pasada, pero luego el Maestro lo ayudó a superarlo. Dice que su vida junto al Maestro Amor lo ayudó y que mejoró la relación con sus padres. Que la pasa bien acá y nadie va a querer irse nunca. “Sobre todo porque acá jugamos un montón”, acota el Maestro Amor. Raúl Zambrano, licenciado en psicología y profesor, de Buenos Aires, conoció al Maestro en El Bolsón y vive acá con su señora. Elena Prado se vino a vivir con el Maestro Amor desde Buenos Aires, trajo con ella a tres de sus cuatro hijos, un yerno, dos nietos, y no descarta que su ex marido venga un día a quedarse con ellos. Elizabeth Cabral es psicóloga, brasileña de Río de Janeiro y acompañó tres veces al Maestro Amor a dar seminarios y conferencias en su país. Antes había viajado 20 veces a la India a ver a Sai Baba, hasta que reconoció “la misma potencia” en el Maestro Amor.

Ramiro Lorenzo es músico y, luego de un viaje a la India, conoció al Maestro Amor. En su primer encuentro, el maestro tomó un pétalo y se lo convirtió en un uñón para la guitarra. “Cuando llegué no me gustaron las canciones del Maestro, me parecieron chabacanas y muy simples”. Pero luego comenzó a gustarle. Hoy se encarga del acompañamiento musical en las actuaciones del Maestro Amor, quien tiene varios discos editados con sus canciones románticas. Todos coincidieron con Ramiro en que, mientras más tiempo se quede uno con el Maestro, más se da cuenta del amor que emana. Nos invitan a quedarnos un mes. Sólo imaginarnos rapados y con túnica hace que se desvanezca cualquier brote de pensamiento religioso.

Cuando parecía que la entrevista llegaba a su fin, el Maestro Amor nos desafía: va a cantar. Aparecen dos guitarras, una flauta traversa, un instrumento de percusión, y se lanza. “Quiero contarte mi querido corazón que ya nadie puede entrar aquí”, canta con voz grave. No es la gran cosa. La música es empalagosa, la letra es peor, pero todos la cantan con unción religiosa y los que no tienen las manos juntas bajo el mentón en posición oratoria, baten palmas. Unos señores pelados nos miran, nos sonríen y nos hacen ojitos mientras cantan. Todos son tan buenos. Son tan alegres. Están tan en armonía. Lástima que nuestro discapacitado corazón no es capaz de ver ni una simple vaca.

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